miércoles, 24 de agosto de 2016

EL MAESTRO DE ESCUELA

A fines del año de 1863 me dirigía a la ciudad de San Luis Potosí, donde  estaba  a  la  sazón el gobierno de la República. La diputación permanente había convocado al Congreso de la Unión, y yo en mi calidad de diputado, acudía al llamamiento desde el  fondo del Sur, en que me hallaba.   Llegué un día a un pueblo de  indígenas,  bastante  numeroso.  El  alcalde del lugar, deseando proporcionarme un rato de conversación agradable, vino a buscarme a mi alojamiento, en unión del cura; y éste me invitó pasar a su casa para presentarme a su familia. Llegamos al curato, que era evidentemente la  mejor casa del pueblo, que ofrecía todas las comodidades apetecibles que en vano se habrían buscado en las casas pobres de los indígenas.
A poco llego el maestro de escuela con el sombrero quitado y cruzando los brazos humildemente. Era el maestro un hombre como de cuarenta años, flaco, moreno, de ojos hundidos pero inteligentes miserablemente vestido y trémulo. El cura le pregunto al maestro, - ¿No ha comido usted?, ¿tan tarde? Pero habrá usted almorzado…- Tampoco señor cura; aquí está el señor alcalde que puede decírselo a usted; no pudo darme nada y mi familia tampoco pudo conseguir; nadie quiere prestarnos en el pueblo, debemos ya tanto… que no nos es posible conseguir ni un grano de maíz.
Se sabe en México, en todos los países católicos, lo que es una comida de cura. Suculentos asados de carnero y de gallina, estofados, chiles rellenos, pescados de río, magnificas legumbres, ensaladas, queso olorísimo y frutas.
Mientras que el y sus hijos, su mujer y su madre, enflaquecidos, apenas podían llevar a la boca una tortilla y un poco de arroz o frijoles. Aquí todo lo que los pobres indígenas pueden dar, es para el cura y para las funciones de iglesia. Yo no culpo a los indígenas, cuya ignorancia no ha podido remediarse. Yo culpo a los curas que los mantienen en ella para sacar provecho. Si la republica triunfa señor, como lo espero, es necesario pensar en mejorar la condición de la escuela y la de los maestros.
Pero falta algo: falta la Escuela Normal y con una organización como la tiene en los países citados antes, moderna, ilustrada; que sea un modelo y no una copia. Elevar al profesor, es evidentemente engrandecer la escuela.

Ana Abigail Ávila Esperano




EL MAESTRO DE ESCUELA (reseña) 

En mi opinión personal con respecto a esta historia, es que la realidad social es otra, mientras que algunas personas se la pasan preparándose y trabajando con esfuerzo para poder solventar a su familia económicamente; otras personas solamente se aprovechan de los demás para su propio beneficio, como es el caso del cura; el pueblo da lo que tiene para las misas y sin embargo con ese dinero, el cura se da su festín diario de comida,  mientras los indígenas apenas tienen para comer y por supuesto para estudiar; son demasiados niños en las escuelas que no pueden aprender a escribir porque les hace falta material. Se supone que el trabajo del cura es servir y ayudar a la gente a superarse como personas y en esta lectura no se dio así. Era necesario que el diputado ganara contras los franceses para que las cosas mejoraran, pero lástima que el cura en vez de apoyar y dar fuerzas a México, el solamente quería defender su iglesia y con eso comenzó a decir cosas negativas respecto al tema.  
Creo que si todos estamos bien y nos ponemos a estudiar para ser mejores personas, todo a nuestro alrededor estará bien, los maestros necesitamos ser creativos e ilustrados para enseñar adecuadamente a las futuras generaciones y no solo basta eso, también se necesita apoyo del gobierno para tener los adecuados instrumentos que nos permitan mejorar el aprendizaje. 











Ana Abigail Ávila Esperano 

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