Síntesis
El
maestro de escuela*
Ignacio
M. Altamirano
Lo
que son los curas de pueblo
A fines del 1863 me dirigía a
la ciudad de san Luis potosí, donde estaba a la sazón el gobierno de la república.
La diputación permanente había convocado el congreso de la unión, y yo en mi
calidad de diputado, acudía al llamamiento desde el fondo del sur, en que me
hallaba.
El cura un sujeto parecido en moral a los de su especie;
pero en lo físico, era robusto, de mediana talla, regordete, colorado y de
carácter alegre y decidor. Llegamos al cuarto, que era evidentemente la mejor
casa del pueblo, y que ofrecía todas las comodidades apetecibles, que vano se
habrían buscado en las casas pobres de los indígenas.
Y apenas el cura había servido
tres copas para él, para el alcalde, y para mí, cuando aparecieron dos
muchachas morenas, de ojos negros y grandes, lindas como un sol, y ligeras como
corzas.
A poco llego el maestro de escuela, con el sombrero quitado y cruzando
los brazos humildemente.
Lo
que son los maestros de pueblo
Al ver a este hombre que
parecía la imagen de la tristeza, y de la angustia. Era el maestro un hombre
como de cuarenta años, flaco, moreno, de ojos hundidos pero inteligentes,
miserablemente vestido y trémulo.
Patriotismo
de los curas
Se sabe en México y en todos
los países católicos, lo que es una comida de cura. Suculentos asados de
carnero y gallina, estofados, chiles rellenos, pescados de rio y cuanto a
frutas, más de las que tomamos en México en diciembre: jícamas, plátanos,
naranjas, chirimoyas, higos. Se me olvidaba decir que el pobre maestro, que
había llegado al principiarse de la cena, se mantenía acurrucado en un rincón
fijando sus ojos tristes a aquel festín, con que el cura se regalaba
diariamente: mientras que el, sus hijos, su mujer y madre, enflaquecidos,
apenas podían llevar a la boca una tortilla y un poco de arroz o frijoles.
Patriotismo
de los maestros
Figúrese usted cuanto tendré
que sufrir aquí con un hombre semejante. Yo soy un pobre maestro de escuela;
como usted supondrán, no soy de aquí; pero la necesidad y el haber adoptado la
profesión de mi buen y pobre padre, que también era receptor, me han obligado a
buscar mi subsistencia enseñando muchachos.
A aquí todos los pobres
indígenas pueden dar, es para el cura y para las funciones de iglesia.
He querido enseñar alas niños
a leer pero un sistema económico y que ahorra el gasto de libros; pero él se opone, como usted ve, alegando la rudeza
de los indios.
Lo
que ha hecho la republica
Pero la republica triunfo, y ¡triste
es decirlo! La condición de la escuela no ha mejorado como era de esperarse.
Verdad es: que algunos gobernadores generosos y sinceramente demócratas, han
emprendido el apostolado de la enseñanza popular con verdadero entusiasmo.
La republica ha triunfado, sin embargo los resultados en
el terreno de la educación no son los esperados.
Los
profesores de la ciudad
En México, por ejemplo, los
profesores son buenos, y además de reunir un buen caudal de conocimientos, se
muestran laboriosos en sus tareas, y resignados con triste posición en que se
les tiene. Porque, confesémoslo, están pagados mal, muy mal.
Las
hermanas de la caridad-los jesuitas
La educación dirigida por los sacerdotes,
es una añeja monstruosidad heredada de los chinos y de los egipcios, y
aprovechada por la teocracia hasta el siglo XVI
en algunos países de Europa, hasta el siglo XIX en México: ¡qué
vergüenza! Si: la tolerancia de cultos establecida ya, no puede permitir eso,
la república y la reforma no pueden confiar a sus hijos, a sus soldados de mañana,
a las manos de sus eternos enemigos.
Como
debe ser el maestro de escuela popular
Dice rozón Edgar Quinet:
¡Cuántas veces me ha sucedido,
admirar el sentimiento de respeto que en el más humilde cabaña se tiene Al
maestro de escuela, porque no es ni servidor del sacerdote, ni su rival;
es su colega, su socio!
MARIA VANESSA RIOS SANABIA
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